sábado, 22 de octubre de 2016

visita




                                   "¿Por qué viene siempre todo desde tan lejos?" R. Piglia

Aparece la Zura en mi sueño, como se nos aparecen los muertos, llenos de capas de tiempo, llenos de otras personas. Yo quiero retener el ángulo donde se forma su imagen, decir que es ella, pero eso no puedo.
Me regala un libro que escribió esto me alerta y me alegra: si escribió y publicó un libro, ¡eso significa que no estaba muerta!, o, que la muerte es un lugar que no acaba con la escritura. Veo la tapa del libro, el titulo tiene algo de la palabra sumergido-hundido-profundidad- y la imagen de una chica bajo el mar pero también la imagen de nosotras tres. Todo esto pasa en una casa que también muta, llena de amigos que van y vienen y no parecen sorprendidos por su estadía, ni por nada. Tengo que armar mis valijas porque estoy de paso, mi viaje sigue, me demoro, no encuentro el boleto de bus, pregunto en ventanilla que otros horarios tengo, me dicen la hora y de allí en más cada vez que miro o pregunto la hora, eso no me es dado saber, hasta que cuando finalmente sè, eso ya pasò. Me alivia haber perdido el bus y que esa pérdida resuelva mi estancia con lo que quiero estar: le digo que me quedo un día más, que todo el resto puede esperar, ella sigue hablando de sus proyectos y ya se sabe
no la hora
sino que en el tiempo que tengamos 
vamos a hacer siempre lo mismo
tomar mates y amasar
y abrazar 
con la charla
toda esa indeterminaciòn
que supone la vida. 

jueves, 29 de septiembre de 2016

altas cumbres

La niebla lo va derrotando todo: la montaña, el precipicio, la banquina, el camino. Me concentro en esas dos o tres líneas blancas que dividen la ruta por la mitad. Pisar las líneas blancas con la rueda izquierda. No mirar lo que no se ve. Sólo lo que puedo ver. Tengo miedo, entonces hablo.
Le hablo al chico que va dormido en el asiento de atrás. Le hablo porque tengo miedo de que se despierte y no me vea. Entonces le hablo. Para  cuando la niebla se haya tragado todo, poder seguir la voz.
Veo la luz de unos faros que nos siguen de cerca. Ya somos dos. Al rato, los faros traseros de un auto que nos precede. Ya somos tres. La hebra de una montaña. Un paisaje de cornisa. Una caravana. Cuentas brillantes de un rosario. El camino serpentea. Engarzados por un hilo de voz.

Más adelante, en el parador, la gente se ríe, conversa, saca fotos. Mastico una medialuna y me quemo con el café con leche. El chico se aplica a un alfajor de maicena,  hace monerías hablando con la boca llena. Luego la familia nos recibe y nos pregunta cómo estuvo el viaje. Siento cada nervio de cada brazo cada pierna y digo bien, un poco cansada. Duermo. El cuerpo se sacude los nudos en breves temblores. Sueño con lo mismo: la montaña. El hilo de voz es una cuerda destemplada. Y todo progresa, avanza. Directo al precipicio. Como debe ser.

domingo, 18 de septiembre de 2016

personalmente creo

Creo en dios padre, y en todo lo que oscurece. Me decís que lo nuestro no puede ser, porque estás confundido. Personalmente creo que tendríamos que aprovechar la confusión, pero no te digo nada, porque creo en lo que oscurece, en caminar en tinieblas por la pieza salir al pasillo hasta la cocina llegar a la heladera por una botella de agua y volver a la cama con una mandarina, repartir los gajos y comer: multiplicad como peces todo lo que se pueda hacer a oscuras. Sin despertarnos, sin explicarnos, esa es mi fe. 

sábado, 6 de agosto de 2016

no sunshine

Raro, rara. Yo no conocía, no conocía bien. Conocía la molestia a través de sus ojos, su andar apurado y laborioso su trajín diario empujándonos a todos. Yo no conocía y me imaginaba que era tanto su ajetreo tanto la casa el trabajo los chicos el marido. El marido. También el mirar al marido. Con rencor. Vago un vago sin aspiraciones. Y ella, ella tan fuerte tan decidida tan soñadora. Ella con las revistas de moda. Ella con las revistas de decoración. Y las casas. Las casas con cosas adentro: muebles, adornos, y familias dibujadas: mujer feliz horneando bizcochuelos marido feliz asando en una parrilla eléctrica, niños jugando en el patio. La  revista dibuja una casa y la casa dibuja una vida, y entonces, la nube. La nube en sus ojos, proyectando esas imágenes sobre todo y sobre todos. Y la distancia. La distancia enorme. Nosotros tan poco soñados. Tan parecidos a cualquiera.

Ese día -que no recuerdo cual- de ese año -que no recuerdo cual- abrió los ojos y estaba en el hospital. Ya se perdía. Ya estaba entre el sopor  y los sueños de la morfina. Se habrá disipado la nube pensé. Abrió los ojos cuando yo entré a la pieza.
-Hola mamá.
-Y tu hijo? Y tu marido?
-Están viajando. Vienen en camino.
Cerró los ojos con fastidio.  La vida es un abrir y cerrar de ojos. Una nube pasajera que dura el sueño de una vida. A lo mejor llegamos en mal momento. A lo mejor todos llegamos en mal momento al sueño del otro. Y a pesar de que hacemos ruido, de que la vida es una batahola infernal un malambo furioso, a veces, no alcanzamos a despertar.
Crucé las sierras manejando mi auto en dirección opuesta a la que había recorrido unos días antes. Escuchaba la radio. Era un día luminoso, despejado. En la radio, la locutora decía también que era un día despejado, sin nubes.