jueves, 29 de septiembre de 2016

altas cumbres

La niebla

La niebla lo va devorando todo: la montaña, el precipicio, la banquina, el camino. Me concentro en esas dos o tres líneas blancas que dividen la ruta por la mitad. Pegarle a las líneas blancas con el faro izquierdo. No mirar lo que no se ve. Sólo lo que puedo ver. Tengo miedo, entonces hablo. Le hablo al chico que va dormido en el asiento de atrás. Le hablo porque tengo miedo que se despierte y no me vea. Entonces le hablo. Para que cuando la niebla se haya tragado todo, seguir el hilo de la voz.

La luz

Veo la luz de unos faros que nos siguen de cerca. Ya somos dos. Al rato, los faros traseros de un auto que nos precede. Ya somos tres. Tres elefantes nos balanceamos sobre la tela de una montaña. Tres elefantes desubicados en un camino de cornisa. Así seguimos, hasta que la luz del sol, pasada la nube, nos deja vernos. Somos una caravana. Cuentas brillantes de un rosario, bajando por el camino serpenteado de montaña. Yo sigo pensando que lo que nos engarzó fue el hilo de la voz.

El parador

En el parador la gente se ríe, conversa, saca fotos. Yo mastico una medialuna y me quemo con el café con leche. El chico se aplica a un alfajor de maicena y hace monerías hablando con la boca llena esparciendo migas como un surtidor. La familia nos recibe y nos pregunta como estuvo el viaje. Digo que bien y me voy a dormir la siesta. El cuerpo se sacude los nudos en breves temblores. Sueño con lo mismo. El cuerpo es la montaña que trata de sacarse de encima esa caravana de nervios. El hilo de voz es una cuerda poco templada, que desafina. El Agus me muestra sus progresos en un bajo desenchufado.

Y todo progresa, avanza, directo al precipicio. Como debe ser. La caravana de elefantes cae planeando graciosamente en el vacìo. 


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