sábado, 16 de mayo de 2009

second life?


Cómo se hace para vivir simulando estar muerto. Ingresamos a ese territorio hace años ya. Es cierto que el tiempo cuenta distinto en estos pantanos subjetivos. Pero algo decía que ya era un tiempo. Había que precipitar algo. Era el momento de concluir, y como todo terreno anegado por la angustia, empezaba a resultar sofocante, pegajoso, ni hablar de las falsas pistas, los atajos que llevan a callejones sin salida. El riesgo era concreto: que nuestra travesía se volviera vía muerta. Una vez más, la muerte que abraza la vida, pensé. El proyecto nirvana como alternativa al deseo. Es posible vivir haciéndose el muerto? Formulé la pregunta. Es eso lo que estás preguntando? La pregunta resonó en la sala. Y hubo mucho silencio. Por que si es eso, no tengo la más puta idea. Me noté casi declamando, hablándole a los cielos. Creo que eso fue inesperado. Para ambos dos. Después de años de espera, había que jugar rápido lo que seguía. Su perplejidad cuando lo despedía, era un posible indicador de que había dado en el blanco. Pero no estaba segura que eso no se reconfiguraría, como tantas veces, al próximo encuentro. De modo que seguí la jugada por el único lugar posible. Ya no habría un próximo encuentro. Como toda alta apuesta, encuentra a los jugadores reteniendo eso último que prometieron no arriesgar nunca, pase lo que pase. Sin embargo, todos sabemos: no hay jugada sin apuesta. Algo hay que apostar, algo hay que poder perder. El precio de nuestro trabajoso amor era la prenda posible de ser ejecutada. Lo único de valor que quedaba. Lo ví irse lloroso. “Volvé cuando quieras, a contarme otra cosa. Cómo es vivir a pesar de todo”.
Me acordé, tiempo después de alguien que citaba a Joseph Conrad: Estrictamente hablando, la cuestión no es cómo ser curado, sino cómo vivir.

martes, 24 de marzo de 2009

vienen por el brillo en los ojos


Hordas de mujeres encandiladas todavía por la luz del día, comparecen ante el Tribunal. A algunas se les escapan algunas lágrimas, y parecen a punto de confesarlo todo. Otras resisten hasta el final, y cuando parece que ya todo pasa, se quiebran y muestran el estigma. Atemorizadas como están, desnudas, sin un pliegue de su cuerpo por inspeccionar, por ultrajar, logran descubrir el botín mayor por el que vienen cada vez, una y otra vez, sus captores. Ya no son secretos, ni confesiones, ni arrepentimientos. Ya no tienen nada que llevarse. Nada que sacar. Y sin embargo, buscan algo.
Ellas, alertas, doloridas, apaleadas, pueden sin embargo hacer correr la voz. Vienen de nuevo. Escóndanlo. Pero qué buscan, qué quieren, pregunta alguna.
Desde acá, décadas después, se las puede ver. María dejó una ventana abierta, su relato es una ventana que nos invita a ingresar a una escena congelada, que se repite a sí misma invariablemente. Desde esa ventana, podemos verlas. Un número pequeño de ellas, ni siquiera agrupado, permanece a la sombra de las miradas. Son las que bajan la cabeza, pero no hay en ese gesto un mínimo de sumisión. Permanecerán así hasta el final del Juicio. Ellas saben lo que los Jueces buscan. Siempre, a través de los tiempos, buscan lo mismo. Y lo mantienen así, apagado, hasta que llega el momento. Entonces levantan la cabeza, y allí está. Todavía lo conservan. El impertinente brillo de los ojos.

(En homenaje al acto de resistencia colectiva conocido como “El calzonazo” llevado a cabo por un grupo de mujeres en la cárcel San Martín, Córdoba, en la última dictadura. Las mujeres se negaron a bajarse los calzones en una de las requisas)

martes, 10 de febrero de 2009

como quien no quiere la cosa


No sé, viste, estoy así, como pretenciosa, diciéndole todo el tiempo a todo el mundo lo mucho que valgo. Su gesto, su voz, sus ademanes, condecían y anticipaban esa conformidad. Y si no me gusta como me tratan, chau. La vida se había transformado para ella en un juego, que ahora disfrutaba jugar. No era tan difícil al final, no? Me mira y se mata de risa. La veo salir con ese vaivén tan anticipatorio de una despedida. Yo, juro que desde el trabajoso amor le organizo todas las despedidas que quiera. Es que da gusto ver a alguien viviendo así.

jueves, 22 de enero de 2009

monstruosidades


Rencillas que no llegan a batallas. Gente con su pequeña monstruosidad a cuestas. Pagando caro, demasiado caro, la posibilidad de deshacerse de las escamas, de las plumas, de la piel. Estigmas que indefectiblemente aparecen con alguna noche de luna llena. Como si no alcanzaran los escarmientos de princesas encerradas en torres por largas temporadas, buscan su propio encierro –spa- esperando algún ángulo de luz favorecedor para salir al mundo. Torpes en su afán de perfección, normópatas obstinados por hacerse de algún way-of-life que con su regularidad aplaste cualquier levantamiento. Sin embargo, la noche sigue siendo ese territorio liberado. Donde no hay way-of-life que te salve.

Desde otro confín de la experiencia, un pequeño me revela que el mejor lugar para pelear con los monstruos es en los sueños. Avezado y valiente guerrero él, me confiesa su truco para exorcizar al miedo. “Probé muchas formas –reconoce- pero la que mejor funciona, -después de haber peleado mucho- es cuando el monstruo te va a atrapar, le decís “bueno” te entregás y te dejás morir”. Asegura que siempre que lo hizo así, aparece despierto del otro lado. Él armó una salida, pienso. “Yo me hago amigo de los monstruos”, me confiesa.

(sacudía las sábanas esta mañana, y comprobé que había sido parte de alguna revuelta nocturna de la cual no me quedaban imágenes ni sensaciones. Apenas una pluma que vuela con el sacudón y aterriza despacio de nuevo entre las sábanas. No estoy segura de las dimensiones que tuvo esa la batalla. Pero amanecí de este lado, despierta. Y según mi pequeño amigo, eso no es poco)