
Ese día llegó descontrolada, furibunda. Casi no alcancé a cerrar la puerta, ni a saludarla, que me espetó: decime, a vos te parece que yo soy impenetrable?
Su pregunta no admitía rodeos, escansiones, semblanteadas de ningún tipo. Y mucho menos silencio. Era una pregunta urgente.
Depende por dónde te quieran penetrar….me escuché contestándole, y casi enrojeciendo al mismo tiempo que ella por una ocurrencia así, tan…tan…cómo voy a decir eso!.
Ni bien me repuse del enrojecimiento, empecé a revisar mentalmente cómo podía seguir el tema. Lamenté mi poco interés por estar al tanto de las últimas perversiones descubiertas. Me tranquilicé de la mano de un razonamiento simple: ¿qué tantos orificios de entrada hay? Iba repasando mentalmente: boca, ano, vagina….Nada podía asombrarme demasiado. Mientras, por una curiosa metamorfosis, ella pasaba del enrojecimiento a la lágrimas, y de las lágrimas a relatos entrecortados y superpuestos de situaciones, cómo decirlo, bastante triviales, nada extraordinario. Sin embargo, cierta densidad quedaba flotando entre uno y otro relato. Escuché un largo rato, hasta que la inquietud se empezó a apoderar de mí. Desde su madre, pasando por el kiosquero, hasta su jefe, todos tenían al parecer “observaciones” sobre ella, que recaían sobre sus gestos, sus movimientos, hasta la forma de cortar las palabras parecían ser de interés. La sensación que transmitía era contundente: esa mirada la seguía todo el tiempo. No la dejaba.
Ya consustanciada con el problema, le dije que sólo quedaba una cosa sensata por hacer: construir barricadas. Trabajamos en silencio hasta entrada la noche. En un momento de respiro, y como disculpándose por su cansancio, me pregunta…. es tan grave?
Sí, boluda… no ves que te quieren entrar por la subjetividad
Su pregunta no admitía rodeos, escansiones, semblanteadas de ningún tipo. Y mucho menos silencio. Era una pregunta urgente.
Depende por dónde te quieran penetrar….me escuché contestándole, y casi enrojeciendo al mismo tiempo que ella por una ocurrencia así, tan…tan…cómo voy a decir eso!.
Ni bien me repuse del enrojecimiento, empecé a revisar mentalmente cómo podía seguir el tema. Lamenté mi poco interés por estar al tanto de las últimas perversiones descubiertas. Me tranquilicé de la mano de un razonamiento simple: ¿qué tantos orificios de entrada hay? Iba repasando mentalmente: boca, ano, vagina….Nada podía asombrarme demasiado. Mientras, por una curiosa metamorfosis, ella pasaba del enrojecimiento a la lágrimas, y de las lágrimas a relatos entrecortados y superpuestos de situaciones, cómo decirlo, bastante triviales, nada extraordinario. Sin embargo, cierta densidad quedaba flotando entre uno y otro relato. Escuché un largo rato, hasta que la inquietud se empezó a apoderar de mí. Desde su madre, pasando por el kiosquero, hasta su jefe, todos tenían al parecer “observaciones” sobre ella, que recaían sobre sus gestos, sus movimientos, hasta la forma de cortar las palabras parecían ser de interés. La sensación que transmitía era contundente: esa mirada la seguía todo el tiempo. No la dejaba.
Ya consustanciada con el problema, le dije que sólo quedaba una cosa sensata por hacer: construir barricadas. Trabajamos en silencio hasta entrada la noche. En un momento de respiro, y como disculpándose por su cansancio, me pregunta…. es tan grave?
Sí, boluda… no ves que te quieren entrar por la subjetividad


