domingo, 20 de septiembre de 2009


Pero esto a mí me está haciendo bien? Debo admitir que quedé desconcertada frente a la pregunta. Y cuando quedo desconcertada, suelo abreviar, así que pregunté lo único que se podía preguntar: ¿qué cosa? Vino un repaso rápido de sus últimos movimientos. Salir del ostracismo, producir encuentros, alegrarse y entristecerse, vibrar, enfurecerse, querer salirse y no poder salirse, decir “pero si yo estaba tan tranquila...” en fin, la variedad de pataleos frente a la resistencia que ofrece la materia –el otro- que se mantiene otro, indigerible, inabsorbible pese a lo carnívoro del acto amoroso. Más o menos encaré por ahí la respuesta. “No, no, eso ya lo sé….se apresuró a contestar. Lo que yo te pregunto, es si esto me hace bien…o sea, si es saludable”. Mi perplejidad estalló en risa: y si no? Qué vas a hacer? Amputarte el amor? Nos reímos un rato, y todo se alivió. Al rato, bajo al quiosco de revistas, y ojeando en busca de mi revista quincenal encuentro un gran titular, debajo de “Salud vital”. Relaciones enfermizas: tres pasos simples para diagnosticar la salud de tu relación de pareja. Me voy a la nota central. Allí estaba la respuesta. Palabras más, palabras menos, parece que sí, el amor es una especie de tumor, y hay que controlar las metástasis, por lo que se aconseja extirpar y poner allí en su lugar, algún accesorio. ¡Vuelva a tener una vida! Exhorta el artículo, ¡a ser dueña de sus emociones!
Tener la propiedad privada de las emociones no debe ser moco de pavo. Hacer que los accesorios despierten emociones, tampoco. Enseguida imaginé una gran barata, los paroxismos femeninos frente a una canasta de saldos. Hay que reconocer que el capitalismo sabe lo que hace.

lunes, 15 de junio de 2009


....A mi esto me duele más que a vos, te lo aseguro.
Sin descartar que, -como dice el amable de David Carradine en su memorable papel de Bill- esto tenga algún asidero (recordemos que él se declara en su momento más masoquista cuando está a punto de volarle la tapa de los sesos a su noviecita), también podríamos tomar un punto de vista otro, para dar cuenta de esa difícil frontera que marcaría …a quién le duele más. Y considerando que esto es algo dicho, podríamos interrogarlo, como a toda producción lenguajera, por sus efectos.
Y a la hora de comparar el dolor provocado en la hombría de Bill por la huida de su novia, y los sesos desparramados por el piso de Uma Thurman, yo debo decir, que cada vez que alguien formula eso, así, algo en esa sola formulación ya anticipa, a quién le va a doler más

demasiado


¿….aparte, no te parece que ya tengo demasiado con todo lo que hago como para encima estar ocupándome de….? María cuenta el modo en que su compañero de oficina zanjaba y desvinculaba su posible participación en un rumor que estaba circulando sobre ella, un pequeño acto de crueldad que la tenía como destinataria. Hacía días que María se preguntaba:.. quién?... pero quién puede ser?... Del rosario de argumentos y explicaciones que recibió del susodicho, recién esta enunciación despertó creencia en ella: …y sí, -se repetía-, la verdad, él ya tiene demasiado como para encima estar ocupándose de mí….
El asunto tampoco daba para más, es cierto. Coincidí con María que había que dejarlo correr, que eso en nada la afectaba.
Sin embargo, algo no cerraba en el argumento utilizado por el oficinista, -justo el único de todos los argumentos que había tranquilizado a María y la había hecho desistir de su sospecha-. Esto así quedó flotando, desestimado por mí el resto del día. Recién cuando esa noche se apareó en un sueño, devenido pesadilla, me llegó algo en forma de respuesta: nunca se sabe cuándo es demasiado. Me entregué a este pensamiento, que si se había tomado el trabajo de horadar la barrera entre lo diurno y lo nocturno, era porque reclamaba ser pensado. Recorrí mentalmente infinidad de situaciones históricas, propias y ajenas, intentando ponerlo a prueba. Y debo decir que tamaña posibilidad de generalización me llevó a concluir que efectivamente, “suficiente” “demasiado” podrían encabezar el ranking de las nociones inestables en el campo de lo humano.

sábado, 16 de mayo de 2009

second life?


Cómo se hace para vivir simulando estar muerto. Ingresamos a ese territorio hace años ya. Es cierto que el tiempo cuenta distinto en estos pantanos subjetivos. Pero algo decía que ya era un tiempo. Había que precipitar algo. Era el momento de concluir, y como todo terreno anegado por la angustia, empezaba a resultar sofocante, pegajoso, ni hablar de las falsas pistas, los atajos que llevan a callejones sin salida. El riesgo era concreto: que nuestra travesía se volviera vía muerta. Una vez más, la muerte que abraza la vida, pensé. El proyecto nirvana como alternativa al deseo. Es posible vivir haciéndose el muerto? Formulé la pregunta. Es eso lo que estás preguntando? La pregunta resonó en la sala. Y hubo mucho silencio. Por que si es eso, no tengo la más puta idea. Me noté casi declamando, hablándole a los cielos. Creo que eso fue inesperado. Para ambos dos. Después de años de espera, había que jugar rápido lo que seguía. Su perplejidad cuando lo despedía, era un posible indicador de que había dado en el blanco. Pero no estaba segura que eso no se reconfiguraría, como tantas veces, al próximo encuentro. De modo que seguí la jugada por el único lugar posible. Ya no habría un próximo encuentro. Como toda alta apuesta, encuentra a los jugadores reteniendo eso último que prometieron no arriesgar nunca, pase lo que pase. Sin embargo, todos sabemos: no hay jugada sin apuesta. Algo hay que apostar, algo hay que poder perder. El precio de nuestro trabajoso amor era la prenda posible de ser ejecutada. Lo único de valor que quedaba. Lo ví irse lloroso. “Volvé cuando quieras, a contarme otra cosa. Cómo es vivir a pesar de todo”.
Me acordé, tiempo después de alguien que citaba a Joseph Conrad: Estrictamente hablando, la cuestión no es cómo ser curado, sino cómo vivir.