viernes, 14 de julio de 2017

Mejor matar a un niño en su cuna que abrigar un deseo insatisfecho

Tenía 10 años cuando me confesé por primera vez. 
Era la hora de siesta en que todos dormían,  y por eso de que la oportunidad hace al ladrón, me abalancé sobre el cuerpo del neceser de mi tía hasta encontrar ese brillo labial frutado que era mi delirio.  
Y lo hurté. Pasaron los meses y el corazón delator del brillo labial latía cada vez más fuerte en un cajón de mi cómoda. 
No pude con la culpa y confesé.
Madre organizó con premura el tribunal. Llamó a la tía.

El castigo -si lo hubo- no fue gran cosa porque no lo recuerdo. Sí recuerdo no haber obtenido alivio a través de la confesión. Empecé en cambio a sentir  vergüenza. Una vergüenza enorme por mi deseo de brillo.  Y mucho después vergüenza de haberme querido deshacer de ese deseo de un modo tan ruin ¡confesando! ¡Pretender liberarme del peso de un deseo como si fuese una uña que crece torcida!
Debe ser por eso
que ahora me dejo crecer los deseos
largos como uñas.
Para que se encajen
y enreden
en todo lo que toco.

1 comentario:

Eva Bertaina. dijo...

Si, acuerdo en satisfacer los deseos, es tan fuerte la pulsión que se puede llegar a matar a un otro. Metaforicamente a veces hemos matado al otro que nos amó y esa muerte es tan real que el cuerpo lo acusó hasta llegar al borde de la tumba